Todo es normal

Todo es normal en el mundo mágico porque las reglas del juego no son las mismas.

Jugamos en la misma cancha, eso sí: El Sol es redondo y luminoso, y es uno. Los árboles estiran sus ramas hacia el cielo, que es azul; de ellas cuelgan las hojas y las flores. Las raíces crecen debajo de la tierra.

Las personas andan con los pies, y la cabeza, sobre el cuello, se asienta entre los hombros.

Todo eso es normal aquí, y allí. Y todo lo demás también, pero sólo por que lo inestable es la medida.

Los trenes súper-rápidos sufren retrasos de hasta cuatro horas mientras los lentos y humildes, sin aire acondicionado en toda, y es mucha, su extensión llegan media hora antes a las estaciones.

Lo imposible se torna posible en cuestión de minutos y en un tren supuestamente lleno sin espacio para cambios, tengo una litera distinta en cuanto acabo de asegurar la última mochila. Y los baños son menos letales que en las clases superiores…

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Un día cualquiera por MG Road

Tres y hasta cuatro personas me sirven la comida cada día y me observan divertidas entre risas y comentarios que no entiendo, aunque no me extraña, sigo sin cogerle el truco del todo a comer con la mano, pero, a donde fueres… Les sorprende que vaya en autobús local a los sitios y no me pierda o andando y están convencidos de que de algún modo les entiendo cuando hablan, pero no es así, y me miran con admiración.

Geckos más pequeños que mi pulgar persiguen mariposas del tamaño de mi mano, y las ardillas tienen la cara afilada. Las águilas se dejan hacer fotos, las hormigas aparecen y desaparecen por millares y en cuestión de segundos.

Un día sales a la calle y hay una manifestación: Banderas comunistas y uniformes azules. El color de la piel y la forma de los ojos de los manifestantes me confirman que no estoy en la China de Mao.

Al otro las calles están vacías por la huelga.

Otros tres, y la ciudad se paraliza. Y se llenan templos y avenidas, todas las mujeres cocinan fuera y camiones reparten agua por doquier previendo la posibilidad de múltiples incendios.

Vas a comprar cualquier otro día, y te cruzas una fanfarria de seis señores en falda con extraños instrumentos.

De compras te puedes encontrar ésto

De compras te puedes encontrar ésto

Los dos con barba hacen extrañas señales en las puertas de algunas casas y a sus dueños, para, como si se tratara de una cámara oculta, que éstos les vacíen una palangana de agua sobre la cabeza.

Vas en bus a la playa y se para durante veinte minutos, ¿qué pasa? ¡Ah! un elefante engalanado sale de un callejón y cruza la carretera con un séquito festivo. De vuelta a casa, todo el muro de la calle está cubierto por lucecitas de colores, hay lámparas de aceite en las puertas, y paisanos, en falda otra vez, tocando el tambor, o enarbolando lámparas de fuego siguen el paso de un pájaro enorme de papel, algo entre un pavo y un cisne.

La ropa del montón es cara y la buena, barata para nuestros bolsillos. Un bol de plástico es más caro que uno de metal. La comida cuesta menos de un euro y un zumo puede costar incluso más (eso sí, qué buena está la fruta), hay no menos de siete tipos de banana y al menos tres de coco, y los huevos, blancos por fuera y de yema amarillo pálido por dentro, se apilan en plásticos de vivos colores.

Se circula por la izquierda, o más bien por donde te dejen. Si oyes la bocina te apartas hacia la acera, si la hay. Si te pitan más, te apartas más. Cruzas sincronizándote con vehículos que te pasan por delante y por detrás peligrosamente cerca, pero nada se altera. Nada se detiene si no es necesario. Si paran es porque quieren.

Los hombres se casan hacia los treinta, las mujeres en la veintena. Según la tradición ellos no deciden. Según la tradición hay circunstancias más grandes que nosotros y por tanto las acatan, los astros deciden el mejor momento, la casta, el entorno, la constitución, la conveniencia en la pareja.

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Los dioses son terribles y coloridos

Los augurios se toman en serio, funcionan. Superstición o no, nadie la esconde, y lo cierto es que todo lo que crees es, al menos para ti, verdad.

Los templos cierran a mediodía con el calor, y hay uno a cada paso. Grandes, medianos, pequeños, coloridos o no, con su tarifa para las plegarias… iglesia no tendrán, pero sí quien cobre.

Se mueve el aire al ritmo del ventilador, el tiempo al del reloj, pero el tiempo no es la vida. La vida aquí tiene su propio latido y cánones. Las diez pueden ser las diez, o las diez y diez, o las once menos cuarto. Los planes pueden cambiar diez veces en un día, doce, mil.

Aprendes a esperar porque no queda más remedio, porque si no tienen prisa más vale que tú tampoco la tengas.

Aprendes a no esperar, lo que es aún más importante, porque todo cambia continuamente, constantemente, así que mejor te vas adaptando a lo que venga, y si encuentras un equilibrio entre estas dos nuevas normas, puede que llegues a echar una partida entera y a pasarlo bien durante el juego. ¿Qué más se puede pedir en éste mundo mágico o en el otro?

Todo es sorprendente, tanto, que lo sorprendente se vuelve normal.

Todo es normal, tanto, que no puedo hacer más que sorprenderme.

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4 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Bego
    Abr 30, 2013 @ 09:16:59

    Precioso post, Tere. Se te ve disfrutando de todo lo que estás viviendo, y transmite serenidad. Que siga así. Besos.

    Responder

  2. David
    Abr 29, 2013 @ 09:52:48

    Me encanta!! Una cosa esta clara, a casa minuto te va a sorprender algo y, al menos de momento, gratamente. Genial el “aprendes a esperar” y más genial el “aprendes a no esperar” a eso se yo le llamaría aceptar. Creo que todos deberíamos aceptar más en vez de estar esperando que ocurran las cosas. Como siempre increible leerte. Besísimos.

    Responder

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