Sultanahmet

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Marca de Vía Romana

Corazón del Estambul más turístico, es transitado a diario no solo por toda suerte de visitantes, desde excursiones guiadas persiguiendo una banderita al mochilerismo más independiente, y es que por su arteria principal pasa la línea T1 del tranvía, una de las más utilizadas por locales y foráneos. Quizás por eso, hasta que no te adentras en las callejas repletas de restaurantes, no es tan evidente que cada tienda, casa de cambio o negocio existe por y para el visitante.

La competencia es feroz y la oferta, en general, magnífica. La comida Turca es espectacular, y presumen de haber inventado cualquier receta que se consuma desde Grecia hasta Irán… Si tanto es cierto no lo sé, pero sí que poseen restaurantes lujosos y aparentemente bien atendidos, a los que no fui, y menos para comer sola, que luego no da el bolsillo. Comer con un presupuesto ajustado es más complicado sin salir de Sultanahmet, pero no imposible. El secreto resside, como siempre, en perderse un ratito por las calles de atrás.

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Historia en Piedra

Ya sé que lo normal sería hablar sobre los monumentos que allí se ubican, los más importantes y conocidos, pero me resistí a la tentación de asomar la cabeza para obligarme a hacer una visita pausada que me permita paladear hasta el último rincón de sus palacios y templos.

A cambio, paseé sin rumbo hasta desorientarme en un par de ocasiones, aunque es fácil retomar la pista en este barrio y los  circundantes.

Aún así, imposible no reparar en la silueta de Santa Sofía, o en los milenarios restos romanos que aún lado de la calle advierten al viajero de la dimensión histórica del vecindario.

El Old City Hostel, que reservé por internet, tiene una situación difícil de igualar. Está bien, y no es caro para el barrio. Dicho esto tengo que añadir que puede mejorar algunas cosas, como lo de pasar la escoba solo por donde se ve… Como aún está nuevo se ve muy limpio. Habrá que ver como lo trata el tiempo. El minúsculo baño que compartí sólo con una persona cada vez, tiene que dar servicio a 8 personas si el dormitorio está completo, lo que parece un poco excesivo… no me querría ver en esa situación. El hostal dispone de wifi, que con los que estábamos, funcionaba bien.

El Hostal

El Hostal

Desde las callejuelas repletas de restaurantes y tiendas de dulces, bajando hacia el mar, es fácil llegar a la zona de bazares. Por allí anda el mercado de especias, donde se hablan todos los idiomas conocidos y se venden desde caramelos hasta caviar. Es una visita turística obligada, supongo, pero a mi, personalmente, me resultó mucho más divertido recorrer la multitud de tiendas de relojes y móviles que como galerías de un hormiguero zigzagueaban no muy lejos bajo un par de edificios.

Necesitaba un reloj para mi viaje y me dije: a por él. La primera sorpresa fue que si en el mercado de especias se dirigen a ti con igual facilidad en ruso que en español, no ocurre lo mismo en los bazares no consagrados al turismo… allí encontrar a alguien que hable bien inglés es más que difícil, lo que no impidió que me pidieran según las tiendas, desde 10 hasta 30 euros por exactamente el mismo reloj, y sin regateos…

De regreso al hostal con un frío de nieve y por calles poco transitadas descubrí tres locales en los que valió la pena entrar a comer: El Namli, el Azayma y el Arse Döner Dostlar Büfe, donde, por fin me decidí a tomar un kebab, y es que la mayoría de los locales de comida rápida en primera línea comparten demasiado con las hamburgueserías occidentales.

Ralentizado sin duda por las bajas temperaturas y el escaso flujo de turistas, Sultanahmet me pareció un atinado compendio de negocio turístico, encanto arquitectónico, y solemnidad histórica. Una buena fachada para las excursiones fugaces y un agradable paseo entre la lluvia y la nieve. Ya veremos si opino lo mismo cuando parezca un hormiguero humano este verano.

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